¿FALTAN MÉDICOS EN VACACIONES?

 

La respuesta a la pregunta que encabeza este artículo es tan evidente y obvia que casi pone en evidencia la estolidez mental de quien la formula. ¡Claro que faltan médicos durante los meses de verano!. Como faltan mecánicos, electricistas, fontaneros y protésicos dentales. Y es que en nuestro país existe algo, una conquista histórica irrenunciable, que venimos denominando «vacaciones». Y los facultativos valencianos se las toman. Así de sencillo. Como lo hacen los miembros del Gobierno, los Diputados, los Jueces, los periodistas, los policías, los bomberos y los corredores de seguros.

¿Cómo mantener, en tales condiciones, un nivel de asistencia sanitaria aceptable? Descartada la opción de suprimir, «manu militari», el derecho al descanso estival sólo cabe esperar que nuestros gestores (antes de irse a su vez de vacaciones) establezcan las prioridades adecuadas. Y eso es lo que, precisamente, no saben o no quieren hacer. Obsesionados por el efecto mediático que originan las listas de espera quirúrgicas, aguijoneados por la demagogia procedente de múltiples fuentes, algunas de ellas sindicales, recurren a cualquier medio para que la opinión pública perciba una «normalidad» inexistente por imposible. Porque lo normal, y hay que repetirlo hasta la saciedad, es que durante el periodo vacacional la actividad decaiga en todos los sectores, incluida la sanidad pública.

No obstante, existen fórmulas que permitirían minimizar los efectos sanitarios del derecho de los profesionales, como ciudadanos que son, a recargar las pilas. En primer lugar, partiendo del hecho de que las Leyes y Decretos se han publicado para ser cumplidos y, por lo tanto, que ningún facultativo debería ser obligado a realizar más turnos de guardia de los que la normativa vigente establece como obligatorios (¿pondría el usuario su seguridad en manos de quien se ve coaccionado a permanecer de «guardia», 24 horas seguidas, de siete a ocho días al mes?). A continuación, incidiendo en la necesidad de mantener la asistencia urgente y aquella otra que calificamos de «preferente» porque el carácter de los procesos patológicos que la definen no admiten que pueda ser diferida más allá de un plazo extremadamente breve (cirugía neoplásica, quimioterapia, etc). Por lo demás, no parece que ni el profesional ni el usuario se vean especialmente motivados a programar una intervención de cataratas durante el mes de agosto. Todo ello puede ser perfectamente abordado por la plantilla estructural existente, con refuerzos puntuales nada difíciles de proveer. Y sin necesidad de recurrir a la ilegalidad manifiesta que supone mantener durante años unos contratos de «acúmulo de tareas» concebidos para un máximo improrrogable de 12 meses.

A partir de aquí el abanico de posibilidades es inmenso. El recurso a las contrataciones resulta obligado, aunque la escasez de especialistas en paro no lo convierten precisamente en eficaz. Y es que no resulta admisible, sindicalmente hablando, propugnar la creación de una bolsa de precariedad que actúe sólo cuando las aguas bajan crecidas. Que hay que dimensionar adecuadamente los recursos nadie parece discutirlo, pero lo que no parece gustar tanto a la Administración es reconocer que ello cuesta dinero y nunca puede abocar a relaciones laborales «de patera». Nada impide, sin embargo, acudir en búsqueda de facultativos a otras Comunidades Autónomas o bien, llegado el caso, a otros estados de la UE. Con un salario atractivo, por supuesto (y aquí también con el escasísimo gasto sanitario valenciano hemos topado).

Pero si disfrutásemos, que no lo hacemos, de una gestión sanitaria sensible a los problemas de la ciudadanía y respetuosa del ordenamiento jurídico, aún cabría una actuación adicional que, ésta si, proporcionaría inmensos beneficios al sistema en su conjunto. Nos referimos a la incentivación de los médicos para prestar servicios adicionales al margen de su jornada laboral ordinaria. Una incentivación real y no aquella «virtual» que se deriva del «videojuego» en que se ha convertido la tan cacareada «Carrera Profesional». Existen facultativos, exentos de guardias, a los que no haría ascos una alternativa de mantenimiento de su poder adquisitivo basada en la prestación estructural de servicios unas cuantas tardes al mes. Como existen otros que aceptarían prolongar su jornada laboral a cambio de una retribución motivadora. En conjunto, el resultado sería una mejor utilización de los recursos existentes y una mayor satisfacción e implicación de los profesionales. Pero ello supondría un incremento presupuestario al que nuestra Consellería no parece encontrarse dispuesta, embarcada como está en una carrera tras la cuadratura del círculo de una sanidad de calidad a precio de saldo con tara.

En ningún caso podemos los médicos valencianos considerarnos responsables de la precariedad asistencial de estos meses por cometer el «pecado» de aceptar nuestro derecho a las vacaciones anuales. Corresponde al cicatero equipo que nos gobierna poner los medios (también económicos, por supuesto) para que la población se vea correctamente atendida. Y sin «maquillar» la realidad, sin trampas ni cartón. Sin falsas presunciones de normalidad «quirúrgica» que ocultan la desaparición del derecho a un diagnóstico preciso, a unas exploraciones preanestésicas adecuadas o a la «universalidad» de la analgesia epidural obstétrica. Porque vestir a un santo a costa de otro puede no advertirse de momento, pero siempre queda en evidencia el día de la Procesión.

Valencia, 20 de Agosto de 2002 

Ricardo Llevata Company

SECRETARÍA DE COMUNICACIÓN (CESM-CV)

 

 

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