
Bob Stolen. Médico
En el corazón del bosque, cada Navidad, los animales decoraban el gran abeto, un árbol tan viejo como el tiempo, símbolo de la vida que todos compartían. La ardilla, siempre ágil, trepaba hasta lo más alto para colgar las estrellas de musgo; el ciervo cargaba ramas de acebo entre los surcos de nieve; el castor tallaba adornos de madera con delicadeza; y el búho, sabio y atento, organizaba todo para que nada faltara. Cada uno tenía su tarea, y aunque las diferencias entre ellos eran muchas, el resultado era siempre el mismo: un árbol lleno de luz, calor y esperanza.
Pero ese año, el bosque estaba más oscuro. Los animales habían comenzado a marcharse. Algunos, como el ciervo y el zorro, habían encontrado refugio en bosques vecinos, atraídos por promesas de inviernos más fáciles y recompensas más abundantes. Otros, como el castor, simplemente se habían agotado. Habían trabajado tanto que sus fuerzas ya no les permitían continuar. Incluso el búho, cansado de coordinar en soledad, había decidido retirarse.
Quedaron las hormigas. Pequeñas y numerosas, pero no infinitas, asumieron lo que otros habían dejado atrás. Recogían las piñas abandonadas, reparaban los nidos maltratados por el frío, e incluso iluminaban el abeto con pequeñas luciérnagas que cargaban en fila. No se quejaban, porque nunca lo hacían. Las hormigas eran así: trabajadoras, constantes. Si algo había que hacer, lo hacían. Pero aquel invierno, por primera vez, las filas de hormigas empezaron a flaquear.
—No pasa nada —decían entre ellas—, siempre lo hemos conseguido. Y siguieron adelante, aunque cada paso era más lento y cada carga más pesada.
Cuando llegó la nochebuena, el bosque entero estaba bajo el abeto. Pero el árbol, aunque decorado, no brillaba como otros años. La ardilla y el búho, desde lejos, miraban con pesar lo que antes era un símbolo de esperanza.
—¿Dónde está la luz? —preguntó un joven zorro.
—Se apagó con las hormigas —respondió el búho desde su rama más alta—. Todo este tiempo creímos que podrían con todo. Y olvidamos que ellas también se cansan. Los animales comprendieron entonces que no eran las estrellas ni las guirnaldas lo que sostenía el abeto, sino el trabajo invisible, constante e imprescindible de las hormigas. Y que el bosque entero era responsable de cuidarlas, porque sin ellas, no había Navidad, ni árbol, ni hogar.
El bosque es la vida que compartimos. El abeto, la sanidad pública que nos sostiene. Y las hormigas, esos médicos y médicas que, aunque nunca se detienen, no son infinitos. Si no los cuidamos, un día el árbol caerá. Y entonces, será demasiado tarde.