
Rafael Pérez Trullás.
Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV.
En algún lugar entre el Ministerio y las consejerías de Sanidad, se disputa el partido más largo de la historia. No es fútbol, aunque hay un balón que va de un lado a otro. No hay goles, ni árbitros, ni nadie que quiera coger el esférico con las manos. Porque, sorpresa: quema.
El balón en cuestión no es redondo, sino más bien una mezcla de contratos precarios, guardias interminables, plantillas bajo mínimos y médicos que huyen a Francia o Alemania como si buscar un futuro digno fuera un acto exótico. Una especie de «Fuga de cerebros: la Liga».
– «Necesitamos financiación y coordinación nacional» -responden desde las autonomías, mandando el balón a Madrid con una nota que dice: «Urgente. Tratar después del verano».
Mientras tanto, en las gradas (si es que quedan), los médicos miran cómo la pelota gira. Algunos ya ni miran: hacen las maletas, actualizan su CV en inglés, francés o alemán y se marchan. No por gusto, sino porque aquí se les trata como si fueran recambios del almacén. En un país que se llena la boca con «sanidad pública y universal» mientras deja a sus profesionales sin aire para respirar.
Y así flotan en el aire miles de notas:
«Falta personal en urgencias», «Necesitamos más médicos de familia», «Guardias de 24 horas sin libranza», «Formamos a los mejores para que se los lleve otro país».
Los papeles siguen volando. A veces se pegan en los cristales del ministerio. Otras acaban en los parabrisas de los coches oficiales de las consejerías. Pero nadie los recoge. No es que no los vean. Es que no quieren tocarlos. No sea que el problema venga con el sobre abierto y sin remitente.
Mientras tanto, seguimos en el partido. El balón va, viene, arde, y nadie lo coge. Los médicos se agotan, los pacientes esperan y desesperan, y el sistema se oxida mientras los de arriba (sean de la afinidad política que sean) se aplauden por «haber abierto mesas de diálogo» o «creado comisiones de estudio». Un monumento al eufemismo burocrático.
Y así, entre pases largos y papeles al viento, seguimos creyendo que alguien, en algún momento, asumirá que sin médicos no hay sistema. Que sin condiciones dignas no hay vocación que aguante. Que no se puede sostener la sanidad pública sobre los hombros encorvados de quienes la hacen posible.
Porque al final, cuando el balón deje de rodar y los papeles toquen el suelo, puede que ya no quede nadie dispuesto a jugar, ni nadie que quiera recoger lo que el viento no se llevó.