
Fdo: Rafael Pérez Trullás.
Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV a tiempo parcial.
12 de abril, Día de la Atención Primaria.
Si alguien quiere entender cómo es el día a día de un médico de familia o un pediatra en la Comunidad Valenciana, no necesita leer complejos manuales de gestión sanitaria. Le basta con revisar un clásico del cine: Una noche en la ópera, de los Hermanos Marx. Específicamente, la mítica escena del camarote.
La consulta de Atención Primaria se ha convertido exactamente en eso: un espacio diminuto, diseñado para un aforo limitado, en el que el sistema no deja de meter gente a empujones mientras suena una música de fondo cada vez más frenética.
El Aforo Sobrepasado de las 8:00 AM
La jornada arranca con una agenda que, en teoría, representa el «camarote» reservado: unos 35 pacientes. Un número ya de por sí excesivo si queremos ofrecer esos ansiados (y casi mitológicos) 10 minutos por persona con tiempo además para la docencia, técnicas (infiltraciones, cirugía menor la ecografía que está tan de moda), actualizaciones, actividades comunitarias, domicilios y un largo etcétera. Pero apenas el médico se ha sentado y ha abierto la historia clínica del primer paciente, la puerta empieza a abrirse.
Aparece el paciente «sin cita» que necesita que le miren una mancha. Luego, la urgencia «no demorable» de un dolor de garganta de tres días de evolución. Detrás, el hueco forzado por administración porque «no había otro sitio donde ponerlo». Y, por supuesto, no olvidemos que el compañero de la consulta de al lado está de baja y no hay sustituto, así que la mitad de sus pacientes entran también a presión en tu agenda.
De repente, el médico se convierte en Groucho Marx intentando mantener la cordura mientras atiende a los personajes que van entrando en el camarote, todos al mismo tiempo, en un espacio donde literalmente ya no cabe un alfiler.
Las Reivindicaciones: Poner Orden en el Barco
Ante este guion disparatado, el sindicato médico no exige lujos de primera clase, sino medidas básicas de seguridad marítima. Las reivindicaciones que llevan meses resonando son el equivalente a pedir que se respete el aforo:
- Agendas cerradas y limitadas: Porque la atención médica requiere espacio mental y tiempo clínico. No se puede diagnosticar con rigor cuando tienes a treinta personas esperando al otro lado de la puerta.
- PAC (Puntos de Atención Continuada) 24 horas y bien dotados: Las urgencias deben canalizarse hacia equipos dedicados. Los PAC deben ser el bote salvavidas real de la población, no un embudo más. El médico de consulta no puede ser, simultáneamente, el médico de urgencias.
- Sustituciones reales: El absentismo o las vacaciones de un profesional no pueden resolverse repartiendo a sus pacientes entre los que quedan, hundiendo a todos los demás.
El Decreto: «¡Y traigan dos huevos duros más!»
Y justo cuando los profesionales están aplastados contra la puerta de su camarote-consulta, rogando que cese el flujo de entrada, desde la Consellería de Sanidad deciden emular el momento más surrealista de la película gritando su particular: «¡Y traigan dos huevos duros más!».
Ese es el equivalente exacto al reciente afán por eliminar o arrinconar las citas telefónicas. La consulta telefónica era la ventanilla que permitía solucionar problemas sin meter a más gente en el camarote. Era la herramienta perfecta, ágil y resolutiva para renovar una medicación crónica, comunicar resultados de analíticas normales o gestionar burocracia que no requiere tocar al paciente.
Eliminar esto bajo el mantra de «recuperar la presencialidad» es un despropósito burocrático. Es obligar a un anciano a cruzar la ciudad o a un trabajador a perder su mañana para un trámite administrativo. Es meter físicamente en la sala de espera a personas que no necesitan estar ahí, colapsando el centro, saturando los pasillos y robando el tiempo presencial a quien de verdad requiere una exploración física.
¡Que Caiga el Telón de la Improvisación!
Este 12 de abril, la Atención Primaria no está para comedias. Lo que en el cine provoca carcajadas, en los centros de salud provoca burnout, fugas de talento y, lo que es más grave, un deterioro en la salud de los pacientes.
Es hora de que la administración deje de actuar como un guionista de enredos y empiece a escuchar a los profesionales y a preocuparse por los pacientes. Hay que cerrar las agendas, potenciar los PAC, mantener la utilidad del teléfono y dejar de meter, de una vez por todas, más gente en el camarote.
La salud pública no es un gag de Hollywood; es la vida de los ciudadanos. Y en este camarote, ya no cabe ni una excusa más.