
Rafael Pérez Trullás.
Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV.
Hay artículos que analizan una huelga y artículos que la utilizan. La huelga de la falsa excepcionalidad de D. José Ramón Martínez-Riera pertenece claramente a los segundos. Bajo la apariencia de una reflexión crítica, el texto no examina las reivindicaciones médicas ni sus posibles efectos sobre el sistema sanitario; lo que hace es aprovechar la movilización para librar una batalla previa y ajena: quién debe ocupar el centro del sistema de salud.
La llamada «excepcionalidad médica» se presenta como una ficción interesada, pero el artículo evita cuidadosamente refutar los hechos que la sustentan. No se niega que los médicos asuman responsabilidad clínica directa, carga legal específica, un itinerario formativo largo y restrictivo ni jornadas con guardias obligatorias. Simplemente se insinúa que señalar estas realidades es una forma de privilegio encubierto. El debate técnico se sustituye así por un juicio moral que convierte cualquier reivindicación en sospechosa por definición.
Este desplazamiento retórico se repite al abordar la precariedad. El autor acierta al señalar que no es un fenómeno exclusivo, pero yerra al utilizar ese hecho para vaciarla de contenido en el ámbito médico. La precariedad en este colectivo no es solo contractual: es estructural, acumulativa y funcional. Se manifiesta tras más de una década de formación reglada, en jornadas reales que exceden de forma sistemática las horas reconocidas, en guardias obligatorias que alteran el descanso y la conciliación, y en una carga asistencial creciente asumida con responsabilidad clínica directa. Que otros profesionales también sufran precariedad no reduce esta realidad; al contrario, la agrava, porque combina inestabilidad laboral con una exigencia horaria y asistencial singular que multiplica su impacto.
Tampoco es casual el tratamiento de la supuesta «sobreabundancia» de médicos. El número de facultades se utiliza como argumento tranquilizador mientras se evita la pregunta decisiva: cuántos médicos permanecen en la sanidad pública bajo las condiciones actuales, y en qué especialidades y territorios. No es una omisión inocente; es una condición necesaria para sostener el relato. Hablar de fuga profesional llevaría inevitablemente a hablar de causas, y eso desmontaría la tesis.
El Estatuto Marco aparece idealizado como un instrumento neutral de igualdad y mérito. Pero una igualdad puramente formal que ignora la realidad funcional del trabajo clínico no produce equidad, sino disfunción. Tratar igual lo que es objetivamente distinto no corrige desigualdades; las consolida. Defender este enfoque no es modernidad, es dogmatismo normativo.
A partir de ahí, el texto deja de argumentar y pasa a juzgar. La huelga se convierte en un acto conservador; las reivindicaciones, en un intento de preservar poder; los médicos, en un colectivo reacio a perder protagonismo. Nada de esto se demuestra. Todo se sugiere. Y sugerir, por muy elegante que sea el envoltorio, no es razonar.
Quizá por eso convendría recordar aquello de zapatero a tus zapatos. La organización del trabajo clínico, la planificación de recursos humanos y su impacto sobre la calidad asistencial no se entienden desde marcos ideológicos abstractos ni desde disputas simbólicas entre colectivos. Se entienden desde la realidad diaria de la asistencia y sus consecuencias.
Y esa realidad es la gran ausente del artículo. Porque si la huelga médica logra estabilidad laboral, reconocimiento de la jornada real y retención del talento, el principal beneficiado será el paciente. No se trata de privilegios, sino de seguridad clínica, continuidad asistencial y sostenibilidad del sistema público. Negar esta relación puede resultar tranquilizador desde el discurso, pero es profundamente irresponsable desde la práctica.
Desacreditar una huelga llamándola «engañosa» no fortalece la sanidad pública. Solo evita afrontar una verdad incómoda: que sin médicos en condiciones dignas no hay cooperación posible ni calidad asistencial real, por mucho que el relato igualitarista suene bien sobre el papel.