
Rafael Pérez Trullás.
Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV.
Ratones, asnos y leones: el teatro sindical de la sanidad española
Esopo (famoso fabulista de la antigua Grecia), nos dejó dos fábulas que hoy describen, con precisión quirúrgica, el sainete que se representa en el sistema sanitario español.
En una, los ratones celebran una asamblea para ponerle un cascabel al gato. Todos aplauden la genialidad de la idea, hasta que alguien pregunta: «¿Y quién lo hace?» Silencio.
En otra, un asno, convencido de que puede aparentar lo que no es, se disfraza con una piel de león. Por un tiempo engaña a todos… hasta que rebuzna.
Ambas escenas se superponen hoy en la Mesa Sectorial de Sanidad, donde el Ministerio de Mónica García negocia un nuevo Estatuto Marco para todos los profesionales del Sistema Nacional de Salud. Sobre el papel, es un proceso de diálogo plural. En la práctica, es una mesa coja: la mayoría de los representantes sindicales no son médicos, sino personal de enfermería con intereses profesionales propios, avalados por grandes sindicatos generalistas donde la voz médica apenas se escucha, si es que se tolera.
Este desequilibrio no es una anécdota. Es un conflicto de intereses estructural. Porque mientras estos representantes negocian condiciones supuestamente comunes para todos, los colegios de enfermería, sindicatos y asociaciones profesionales de enfermería impulsan de forma paralela la apropiación progresiva de funciones médicas: diagnósticos, tratamientos, liderazgo clínico. Todo ello sin la formación, capacitación legal ni experiencia necesarias. El asno con piel de león actúa de nuevo, ahora en los pasillos del hospital.
Quieren ejercer como médicos sin serlo, sin rendir cuentas como tales, y sin asumir los riesgos inherentes. Todo va bien mientras nadie hace preguntas incómodas. Pero cuando llega el momento de responder ante una decisión clínica compleja, un error de juicio o una complicación crítica, la impostura se cae, y el rebuzno retumba.
El problema va mucho más allá de una disputa gremial. Repercute directamente sobre la calidad asistencial y la seguridad del ciudadano. Porque cuando quien prescribe, lidera o decide no tiene el conocimiento, ni la formación, ni la responsabilidad legal que exige ese acto, el paciente queda desprotegido.
Y mientras se banaliza la figura del médico, se debilita el único pilar que aún sostiene con dignidad una sanidad tensionada hasta el agotamiento.
Todo esto se cocina en una mesa convocada por una ministra, médico de formación y política por vocación, donde se pretende uniformar lo que no es uniforme, nivelar lo que requiere especialización, y negociar en nombre de los médicos sin que los médicos estén realmente representados. Es como si para reformar el reglamento de los pilotos de aviación, se invitara a las azafatas, los mecánicos y el personal de tierra -todos fundamentales- pero se dejara fuera a quienes tienen en sus manos la responsabilidad final del vuelo.
Por eso, es imprescindible un Estatuto Médico propio, negociado exclusivamente por sindicatos médicos que conocen, viven y sufren la realidad diaria del ejercicio clínico. No se trata de privilegios ni corporativismo: se trata de proteger la calidad del sistema y la seguridad del paciente, que es el verdadero perjudicado cuando se legisla desde la ignorancia o desde la agenda ajena.
Mientras tanto, la tragicomedia continúa: ratones que no saben poner cascabeles, asnos que se disfrazan de leones… y médicos que siguen sosteniendo el sistema desde el silencio y la sobrecarga.
Pero no hay disfraz que oculte indefinidamente la realidad. Un sistema sanitario sólido y seguro necesita que cada profesional ejerza su función según su formación y responsabilidad. Y para que eso sea posible, los médicos necesitamos un marco propio, justo y negociado por quienes realmente conocen nuestra labor.
No es un capricho corporativo. Es una garantía de calidad, de seguridad para el paciente… y de sentido común.