Rafael Pérez Trullás.

Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV.

El médico va desnudo

Contaba Hans Christian Andersen que había una vez un emperador que, cegado por su vanidad, contrató a unos astutos embaucadores para que le confeccionaran un traje magnífico, invisible -según decían- para quienes fueran torpes o indignos de su cargo. Nadie se atrevía a admitir que no veía nada. Y así, el emperador salió desnudo a la calle, entre aplausos hipócritas. Hasta que un niño gritó lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir: « ¡El emperador va desnudo!».

Cuentan que eso era un cuento. Pero no, es la metáfora perfecta de lo que ocurre hoy con la figura del médico en España. Desde la distancia, desde el discurso fácil, se nos presenta como una élite privilegiada: profesionales bien pagados, con poder, con respeto social, con influencia en el sistema. Y ese traje -inexistente, pero ruidoso- es aplaudido por parte de la opinión pública, algunos medios y ciertos sindicatos generalistas que ni nos representan ni nos comprenden.

Pero el médico, en realidad, va desnudo. Desnudo de protección institucional. Desnudo de tiempo para atender con dignidad. Desnudo de condiciones laborales acordes con su responsabilidad. Desnudo de voz en las negociaciones sindicales. Desnudo frente a una sobrecarga insoportable, agresiones impunes y una judicialización creciente de su práctica.

Sí, somos «los de bata blanca», pero también los que encadenan guardias de 24 horas sin libranza, los que completan 11 años de formación para cobrar sueldos indignos, los que asumen cada día decisiones que pueden costar vidas, los que trabajan bajo presión, escasez y burocracia paralizante. Los que están obligados a trabajar hasta 48 h semanales (que pueden ser más) mientras al resto de la población le quieren rebajar la suya a 37 h. ¿Dónde está exactamente ese privilegio del que tanto se habla?

Mientras tanto, se aplaude a quienes agitan el discurso de «democratizar» el acto médico, como si diagnosticar, prescribir o liderar una atención sanitaria fuera cuestión de entusiasmo o de diplomacia, no de formación, experiencia y responsabilidad.

Se quiere difuminar la figura del médico, convertirlo en uno más dentro de una «colaboración» mal entendida, donde todos hacen de todo y nadie responde de nada. Y cuando los médicos alzan la voz para exigir condiciones justas o para denunciar una representación sindical secuestrada por colectivos que ni conocen ni comparten su problemática, entonces se nos tacha de elitistas, de corporativos, de querer «más que los demás». No queremos más. Queremos lo justo. Y lo justo, en sanidad, no es lo mismo para todos.

Hay quien necesita decir en voz alta lo que todos saben y pocos se atreven a admitir: el supuesto traje de privilegios que llevamos los médicos no existe. No hay oro ni seda ni galones. Hay jornadas maratonianas, decisiones solitarias, agotamiento emocional, y un sistema que se mantiene gracias a la vocación y el sacrificio de quienes -paradójicamente- son tratados como si vivieran por encima del resto.

Y como en el cuento de Anders·en, quizás ha llegado el momento de que alguien, como aquel niño, lo diga claro: el médico va desnudo. Y el sistema, si no reacciona, se va a quedar sin médico.