Facultativo Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Delegado Sindical de CESM-CV.
Cuenta una vieja fábula que un rey, queriendo ahorrar en su flota, decidió prescindir de los capitanes. “Los marineros conocen bien el mar —pensó—, y desde la torre del puerto un almirante podrá guiarlos por señales de humo”.
Al principio, las cosas parecían funcionar. Los barcos zarpaban, las velas se hinchaban, y los marineros seguían las órdenes que llegaban desde tierra. Hasta que una tormenta inesperada azotó la costa. Sin un capitán que tomara decisiones inmediatas, los navíos se perdieron entre las olas. Algunos nunca regresaron.
Entonces el rey comprendió demasiado tarde que la experiencia y el juicio no se pueden dirigir a distancia.
Algo parecido está ocurriendo hoy en la Comunitat Valenciana, donde faltan médicos dispuestos a trabajar en el Servicio de Atención Médica Urgente (SAMU). Las condiciones laborales —sueldos bajos, contratos precarios, turnos extenuantes y falta de reconocimiento— han ahuyentado a los profesionales.
Y, en lugar de afrontar el problema con seriedad, la anterior administración optó por una temeridad: enviar ambulancias sin médico, confiando en que los enfermeros pudieran recibir instrucciones remotas desde el CICU (Centro de Información y Coordinación de Urgencias).
El resultado ha sido, como era previsible, desastroso. En emergencias, donde cada segundo y cada decisión marcan la diferencia entre la vida y la muerte, la ausencia del médico no es un matiz técnico: es una carencia vital.